MIL Y UNA VIDAS:

Ajena

Llevo más de doce años atendiendo urgencias. La ambulancia forma parte de mí y me muevo por ella como un lagarto por las paredes. Conozco cada aparatejo y doy la atención personalizada que merece cualquier ser vivo en su peor momento. Tanto los pacientes como la gente que me conoce, me felicitan por mi tacto. No obstante, jamás me permito involucrarme más de lo debido. Intento ser ajena a que cualquier emoción me invada de forma temeraria. Soy demasiado sentimental para un trabajo tan duro. Manuel, mi compañero, conduce hacia una nueva emergencia con la precaución y la rapidez dignas de un corredor de carreras. Mientras tanto, me mentalizo para ver lo esperable de un accidente de coche; algún moribundo, sangre, desesperación. Al llegar al escenario, bajo cargada con el material para realizar la evaluación primaria de las víctimas. Destaca un hombre de sesenta y tantos, ha salido disparado atravesando el parabrisas y se encuentra boca abajo a unos metros delante del coche. Le doy la vuelta, suplica ayuda. Los cristales le habían arañado de gravedad la cara y el asfalto le había quemado la piel. Tantos años de experiencia me hacían saberlo, no iba a sobrevivir. Pido ayuda inmediata, se ha golpeado fuertemente la cabeza que está totalmente ensangrentada. Está inconsciente y aún así, lo llamaba en un último intento que agotaba mis esperanzas. 
— ¡Papá! ¡Papá, por favor! ¡Quédate conmigo! 
 

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